Mientras comía algo con un buen amigo la otra noche, le pregunté si había leído “El Lobo Estepario” de Hesse (libro que estaba leyendo yo y me estaba impactando). Me respondió que sí, claro, que lo leyó cuando tenía veinte años. Yo le dije inmediata y automáticamente “yo recién lo estoy leyendo”, a lo que él me replicó: “sácale el recién, ese recién no es respetuoso”. Me lo quedé mirando con una sensación de conciencia. Me autodistancié para verme mejor, para ya no funcionar tan en automático, y me vi comparándome con mi amigo. Él lo había leído hace veinte años y yo me sentía atrasado, enlentecido, cuestionando inconscientemente mi propio ritmo: ¡yo “recién” lo estaba leyendo!

Noté entonces que mi libertad estaba restringida, puesto que me costaba verme, reconocerme en mi tiempo y mi proceso. Descubrí que ese “recién” no me ayuda, pues me mido viendo los ritmos y tiempos de los otros, como una forma de no captar mi propio valor, de no respetarme en mi singularidad, de no diferenciarme del resto. Usando el lenguaje me estoy limitando sin percatarme. Me pregunto: ¿en cuántos otros aspectos de mi vida no me veo ni me respeto?, ¿en cuántos otros aspectos de mi vida no capto mi unicidad?, ¡aquella milagrosa característica que es ser irrepetible!

El Lobo Estepario vino a mí y lo elegí entonces en mi momento justo, ni antes ni después. Solo podría ser antes o después si me comparo, pero compararme es perderme de vista, y perder de vista al otro, pues ya no lo veo como un Tú, sino como un estándar de normalidad con el que no me logro encontrar. Complicado ver al otro como un legítimo otro si no me veo a mí mismo como único.

Qué invitación maravillosa a revisarme: ¿acaso si lo leía antes hubiera encontrado el sentido que ahora encuentro en el libro? No lo creo, y no sé qué sentido hubiera tenido, o tendrá cuando lo vuelva a leer más adelante. Solo sé que esta falta de libertad me lleva a no vivir mi presente, donde tengo la oportunidad de sentirme pleno. Una ausencia de responsabilidad que significa no tratarme con respeto.

Al finalizar aquella comida esa noche, me nació darle un abrazo a aquel buen amigo que me ayudó a abrir más los ojos del espíritu. Hoy, en este momento, me abrazo a mi mismo.

Alejandro Salomón Paredes
Director CPL
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