¿Qué es lo que más me cuesta? A veces expresarme auténticamente frente al resto. A veces permitirme mostrarle a alguien mi molestia o mi afecto. Tal vez sea el aceptar la pena que a veces siento, o sentir la angustia que me invade cuando se que me toca elegir. ¡Ah cuánto me cuesta! Tanto que quisiera seguir en este modo de ser cómodo, tranquilo, pero a la vez insípido. Pero no me puedo escapar de mi mismo. Una voz desde mis adentros (que no es más que mi propia voz) me señala lo correcto, lo que tiene sentido. ¡Pero cuánto me cuesta! ¿Será que estoy concentrado más en lo que puedo perder que en lo que ganaré si me arriesgo? Y es que el riesgo de ser yo mismo me angustia, y la angustia es justo aquello que me cuesta sobrellevar, cuando la siento como un desagradable lastre en lugar de lo que puede ser: un trampolín hacia mi libertad.¿Qué es lo que más me cuesta? Me cuesta renunciar a lo que quiero, a lo que de pronto sostiene mi identidad. ¿Quién soy? es entonces la pregunta que me surge, y con ese “soy” me aferro a quien creo ser, temeroso de mis posibilidades de ser diferente, de ser quizá más yo en realidad, ¡cuando sé que soy posible! Pero la libertad cuesta, y su costo es recorrer los caminos que quiero eludir. Sin embargo sé que si me quedo así tendré que seguir pagando el precio de no sentirme libre, esta suerte de esclavitud donde nada me esclaviza salvo yo mismo, con estas cadenas que pesan tanto que no logro avanzar, o quisiera decir, que no logro salir. Estar como estoy tiene un costo también: un sufrimiento innecesario que no tiene sentido, un cuidado exagerado sobre mi moretón, una especie de encierro en mi propio interior.Entonces, ¿qué es lo que más me cuesta? Confrontarme conmigo mismo, salir al mundo, encontrarme a otro nivel con los demás, arriesgarme al cambio, renunciar a lo habitual y automático. Mi vida me demanda una respuesta, me demanda que tome las riendas. ¿Qué elijo hacer? es mi siguiente pregunta. Ya están ahí los valores atrayéndome, tocándome, esperándome. Tengo la mano en la perilla de mi puerta y mi corazón me está indicando el camino. Mi decisión es… abrirla…Y al abrir mi puerta quedo expuesto, pero por fin puedo salir y tocar el mundo con mis manos y ya no con guantes. Abro mi puerta no solo para salir, sino también para dejar entrar. ¡Me estaba perdiendo de tanto! Me siento como un vaso que vierte y recibe, y que estaba tapado. Cuán valioso es aquello que cuido tan intensamente, y cuán valioso es también aquello que me llama y me atrae desde afuera, invitándome a salir. Sé que puedo ser más yo y cuidarme sin perderme mi vida. Y sé bien que en mi vida me aguarda de todo un poco. Y estoy dispuesto a correr el riesgo. Esta es la opción que prefiero y el sentido que ahora encuentro.

Me autodistancio y comprendo que en lo que más cuesta está lo realmente valioso.

Alejandro Salomón Paredes
Director CPL
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