En un taller vivencial, mientras trabajábamos percepción de valores y propósito en la vida, una persona puso al descubierto su “locura”. La puso sobre la mesa con la angustia propia de mostrarse vulnerable ante el grupo, abriéndose al terrible riesgo, y con la pena de no sentirse libre por ser como viene siendo. Y es que no captaba lo valioso de su singularidad, de su ser diferente, como una especie de ceguera sobre sí misma. Quizá vivencias de descalificación la empujaban a cuidarse, a no ser ella por temor a ser vista como una “loca”. ¡Sacarse los zapatos para bailar en medio de la gente, saludar a los vendedores del mercado con afecto, abrazar con exceso de júbilo a un hijo que sale del colegio! Locura, anormalidad, rareza; se vuelven una ecuación que desemboca en “mal” o en ser poco valiosa, en no sentirse aceptada. En ese momento comprendí su necesidad de no ser ella misma, y a la vez podía ver en sus ojos mojados las ganas de salir al mundo, ahí mismo donde en ese momento la esperábamos inquietos. ¡Qué maravilloso momento, poder verla en su transparencia, en la porosidad de una personalidad permeable que evidencia a una persona que se atreve a ser ella! Ha de haber algo muy, muy valioso que la atrae como para asumir este riesgo, y que a pesar del peligro a la descalificación y la vergüenza se anima a ser en serio. El encuentro con los que ahí estábamos fue inevitable, y cada palabra de cada persona fue calando en su experiencia, como procurándole una brecha en el camino a resignificarse, a verse con otros ojos y mirar a los demás y al mundo con la mirada de quien se da permiso a ser de verdad; un mundo donde hay amenazas y también valores y mucho sentido, algo que ella intuía se estaba perdiendo. Incluso cómo desde su locura podría enriquecer a otras personas… ¡hermoso! Un cuadro lleno de colores en una pared monótona, que contagia con su alegría y su buena chispa, salpicándolo todo con su colorido. Aunque a veces a lo que está monótono lo colorido le parezca extraño e inaceptable. El taller terminó entre abrazos sinceros, en una atmósfera de libertad y responsabilidad.

Todo esto me lleva a mirarme un poco. Y me pregunto ¿de cuántas cosas me estoy perdiendo por no permitirme mi locura? Aquellas rarezas que de pronto tienen que ver con ser yo, con ser un otro, con ser diferente de la “normalidad” regida por el número y la estadística. Me autodistancio y descubro las estadísticas en mi cabeza, como voces impropias con las que me juzgo y no me permito lo auténtico. ¿No son esas miradas ajenas que tanto temo mis propios ojos, interpretadores y prejuiciosos? ¿cuántas personas sin querer se están perdiendo de mí por no mostrarme en mi anormalidad?

¡Oh a qué me has movilizado con tu autenticidad, loca del taller!, quizá a darme la oportunidad de comprenderme en mis vivencias, en esos juicios que aun me duelen y tanto evito, donde con mi sobriedad protejo algo raro, algo extraño y a la vez tan mío y tan preciado. Decido darme un abrazo cálido y unas palabras de respaldo para con mi lado loco, raro y hasta vergonzoso, porque ¿acaso no es esta vergüenza mi propia falta de aceptación?, ¿y no es mi locura acaso ser un poco más yo? ¡Permiso para ser loco sin esperar agradar y sin esperar caer mal! ¡Permiso para ser extraño sin pretender ser quien no soy! ¡Permiso para salpicar al mundo con la originalidad de mi color!

Alejandro Salomón Paredes
Director CPL
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