Ayer estaba en clase en la universidad con un nuevo grupo de alumnos. Al ser primera clase juntos me presenté e invité a que se presenten, que digan su nombre y qué les motiva a estudiar psicología. Al instante aparecen miradas que se esconden, movimientos suaves de repliegue y sonrisas a medias. Nadie habla. Nadie levanta la mano. Nadie se anima. Hasta que una muchacha rompe el silencio y dice “¡ya, yo!”, y se presenta. Las miradas caen sobre ella mientras va diciendo lo que hay en sí misma para expresar al mundo que la observa y quizá juzga en ese momento. Es un riesgo el que se corre: el riesgo de ser ella frente a todos. Le pregunto qué siente, pues observo que se sonroja, que se traba un poco al hablar. Por ahí suena una sutil risa de alguien que ríe desde su cómodo escondite. Me responde que siente miedo. Pero con todo y el miedo decide asumir el riesgo y mostrarse… ¡es un salto de fe!

De pronto en mi mente aparece la imagen de Kierkegaard, resonando como un eco de palabras sentidas: “un salto de fe”. La necesidad de la angustia para la autenticidad, la inevitable sensación de peligro ante el abismo que hace falta para crecer, la libertad que es primero siempre solo posible. Es cuestión de fe, y ella se la tuvo. Y sentí que nos encontramos, pues también yo sé lo que es sentirme angustiado frente a un precipicio que parece insuperable, con todo lo valioso que me llama desde el frente, desde aquella otra orilla que significa el cambio. Si, te comprendo querida alumna, pues también yo sé de saltos y también sé lo que es quedarme en el borde, mirando, con la posterior sensación de haberme traicionado, y de estar dejando pasar mi vida ante mis ojos. Te comprendo en esa angustia terrible, la de saber que nadie levantará la mano por ti en el aula, porque ninguno de los que estamos aquí somos tú, y que el silencio es un prólogo para la oportunidad de ser tú misma. Lo sé, te entiendo. Este es tu momento, tu ser libre, abierta a encontrar, y a ser encontrada. Abierta a vivir.

Cuando termina de expresarse le pregunto cómo se siente ahora. Y me responde “bien”, con una suave sonrisa. Le devuelvo una sonrisa cómplice, y le agradezco por su valor. Hay que ser valiente para dar ese tipo de saltos.

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