Hace unos días que me viene un ligero temblor en mi ojo derecho. O más que en el ojo es en el párpado, si. Comienza con una leve sensación de que algo me pesa, seguido de unos latidos cada vez más notorios. Distingo a este temblorcillo como una molestia. El pequeño temblor me molesta, me late arrítmico en un vaivén de intensidades. A veces parece un corazón angustiado, que se va a salir en cualquier momento. Otras veces es casi imperceptible, pero ahí está. Antes de saber de qué se trata pienso en eliminarlo, porque aparece cuando estoy dictando clase, cuando estoy en terapia con alguien o cuando estoy leyendo en mi soledad, y me fastidia. Algún amigo me dijo “es estrés”, pero no quiero saber. Solo lo quiero fuera de mi sentir, fuera de mi experiencia. Quizá una pastillita mágica pueda darme el efecto que tanto deseo.

Pronto descubro que cuanto más trato de reducirlo para dejar de sentirlo más está, como entercado en seguir molestándome, como una parte de mi que se rehúsa a dejar de ser, porque es. Entonces me pregunto si tratar de eliminarlo es el camino más sano, el que tiene más sentido. Parece que no. Así que decido darle una mirada diferente, y prestarle oídos para escucharlo, para saber un poco más de él. ¿Cuántos aspectos de mi ser se parecen a ti, pequeño temblor en mi párpado? ¿Cuántas cosas son pero quiero que no sean y reniego de sus presencias? Tú que eres tan molesto y pequeño, pero tan real. ¿Qué quieres? ¿Para qué estás? He decidido no botarte ya. Elijo darte ahora más bien la bienvenida. ¿Acaso no tiemblo también yo de vez en cuando?, ¿acaso no molesto también a veces con mis actitudes? Me siento un tirano déspota y engreído que quiere todo perfecto, que quiere una vida sin molestias, ni siquiera una tan pequeña, y que maldice y destierra todo lo que no le agrada, todo lo que no va con sus expectativas. ¿Pero quién me creo que soy?, en fin, he decidido abrirte la puerta y no dejarte afuera. Algo quieres que yo vea, algún sentido has de tener. ¿Cómo podría descubrirlo si te alieno?, ¿si te rechazo cada vez que apareces? No más de eso. Incluso ahora quiero que exageres, que aumentes en tu intensidad, que no seas un pequeño temblor sino un ataque de párpado, una convulsión incontrolable del ojo. Vamos pequeño temblor hazte inmenso, ¡hazte insoportable! Esto me resulta casi cómico, y es como si rieras conmigo en complicidad. Curiosamente más que aumentar disminuyes. Ya no buscaba eso pero se da. De pronto ya no tiemblas, pequeño temblor.

¿Qué es lo que pasa? Quizá precisamente pasa que te dejo pasar, que te dejo ocurrirme y hasta te pido exagerar y aumentar, y que nos reímos juntos. Pasa que te acepto. Y vienen a mi mente todos mis lados sombríos y todas mis situaciones sombrías, todo aquello que vengo desterrando sin resultado y sin sentido, para evitarme el malestar que es inevitable. ¿Y si doy la bienvenida a mi angustia en vez de no querer sentirla?, ¿o si me carcajeo irónico junto a mi lado débil, a mi lado torpe o a mi lado absurdo? Voy encontrando algo muy valioso en todo esto.

Gracias por mostrarme tanto sentido y enseñarme un camino, ¡pequeño y maravilloso temblor de párpado!

Alejandro Salomón Paredes
Director CPL
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